viernes 26 de septiembre de 2008

¡S.O.S…Salvemos al periodismo!


Con Balaguer y Trujillo muertos se pensaba que el ejercicio del periodismo obtendría su anhelada libertad. Sin embargo, la clase política no dejado de ser letal para la consagración de un periodismo independiente y libre.

En el mismo plano están los organismos armados, Policía, Ejército, Fuerza Aérea y Marina, que en ocasiones se han prestado para ejecutar órdenes de matar periodistas.

Los periodistas, creo, somos los únicos profesionales que pagan con su vida el hacer bien su trabajo: informar, crear conciencia en la población, entretener, educar, ayudar; es parte de lo que hacemos.

Tan intolerantes como los políticos, contra el ejercicio de los periodistas surgen nuevas amenazas: El narcotráfico y el poder económico.

En República Dominicana estos sectores han encontrado un aliado que le permite operar libres de pena. Esto se debe a que cuentan con el apoyo de una justicia ciega, sorda y muda.

Al presidente de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Subero Isa, le preocupa más que no le hayan consultado para una reforma constitucional, que un juez libere a un narcotraficante porque lo presentaron descalzo al tribunal.

Vianco Martínez es mi amigo y mi maestro. Y lo apoyo porque es periodista igual que yo. Porque fue golpeado por trogloditas cuando simplemente intentaba hacer una entrevista a Pedro Guerra.

Y lo apoyo porque me pondré sus sandalias, porque un fiscal se ha mostrado más que complaciente con los agresores que con el agredido, porque el jefe del Ministerio Público no dice nada.

Cuando asesinan a un reportero gráfico inmisericordemente y la Policía engaveta el caso.

Tan insólito como esto es que se denuncie que la empresa Lácteos Dominicanos (LADOM) no cumpla un contrato de vender al Estado la leche del desayuno escolar con los nutrientes mínimos establecidos para alimentar a un niño, y se quiera presentar a los periodistas como los culpables de poner en evidencia tal felonía. ¿Y entonces… Vivimos o sobrevivimos en democracia?

jueves 28 de agosto de 2008

¡Préstame una lágrima para llorar a mis muertos!


No murieron por estar vivos, murieron por ser pobres. Por la indigencia que garantiza votos cada cuatro años, por la pobreza de mente que mantiene la industria del clientelismo, la misma que se incrusta en la cultura del “soy padre de familia y no tengo a donde ir”.

En Guachupita murieron siete. Ahora nadie tiene miedo de entrar porque ahí se venden drogas, por el borracho de la esquina, por la mujer en rolos en el colmado, por el perro con su sarna, por el pollero, por la pobreza que “jiede”.

Mañana son otros los que vendrán a ocupar el espacio de los que se fueron: a pelear con la miseria, a esperar una ayuda, a ser parte del barrio, a coger fiao en el colmado, a beber café en la casa del lado, a cargar agua, a pelear para darse a respetar, a afilar un machete y a votar cada cuatro años.

¿Quien mató a Catalina Feliz, en estado de gestación, y a sus otros hijos Esteban, Manuel, Roberto, Jefrey, Francisco, Bienvenida y su vecina Carlita Martínez? Fuimos todos los que miramos desde el puente en el río. Fueron los que sólo se lamentan, los que escriben artículos como este y luego se toman un café, el que lo lee y siente pena.

Fueron ellos mismos que esperan que la solución de su problema baje del cielo, del Gobierno, de los gobiernos, de los políticos, de las promesas, de las campañas… ¡De la mierda!

Todos somos culpables por no hacer nada para evitarlo de nuevo. La Temporada ciclónica aún no termina, la temporada ciclónica es cada año.